NI PESTAÑEES

Helena Jaén López 

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Foto: Ana GT

Tal y como dicen, cuando algo de primeras asusta un poco, pero irrefrenablemente y a la vez, te hace sentir que es justo lo que necesitas, ve a por ello. El despertar feminista en el mundo que vivimos, en la sociedad y en el momento que nos toca vivir, es, sin duda, violento. 

Violento en un sentido literal: es repentino, en ocasiones traumático y te cambia para siempre. Cuando abrimos los ojos ya no hay vuelta atrás. A partir de ese momento, cambias 

tú y la visión que tienes del mundo. 

El posicionamiento feminista en la sociedad actual, capitalista y occidental, en la que nos encontramos, seamos francas y francos, de entrada da pereza. Y molesta. Da pereza porque implica una serie de cambios que buscan la deconstrucción de un sistema tan afianzado como 

sus valores. Valores en los que las personas hemos sido educadas y adoctrinadas desde siempre. Molesta porque tachar de desigual todo aquello que soporta nuestras estructuras sociales, económicas y culturales, en una línea que retroalimenta la opresión del género femenino es meter el dedo en la llaga. 

Debemos ser tajantes. Inquebrantables. Nuestra sociedad está enferma de machismo. Y hasta que no entendamos que esas supuestas nimiedades, como la sexualización de los colores, la casposa caballerosidad o la perpetuación del uso del lenguaje no inclusivo son el sustento de que se asesine a mujeres por el hecho de serlo, tendremos una sociedad dormida. Hasta ese preciso momento no podremos hablar de una sociedad concienciada, que ha despertado y que lucha por el cambio. 

Nunca está de más recordar que el feminismo es una lucha social, de mujeres, hombres y personas intergénero avanzando como un todo unido. Basta ya de discusiones absurdas. El feminismo nos beneficia a todas, a todos. No todas las mujeres son violadas (quizá sí ninguneadas, humilladas u objetualizadas por el hecho de serlo, pero eso no hace tanto ruido), sin embargo, el femenino es el género violado. 

Al igual que no todos los hombres 

violan, o maltratan o asesinan a mujeres; pero es el masculino el género que ejerce la violencia. Basta de ofendernos como sociedad por una realidad que nos salpica de lleno. 

Basta de justificar lo injustificable y de maquillar algo que espanta, huele y supura. Basta de 

gastar energía en hacer entender a alguien lo que aún no quiere entender. Los y las “feministas pero”, los “ofendiditos” o “not all men”(no todos los hombres), no estáis aún 

preparadas/os. Esta lucha es más sencilla: ¿Estamos a favor o en contra de la igualdad? 

Es complicado asumir que quizá una mujer, desde su posición de oprimida, se ve impulsada por el coraje y la sed de justicia que supone el encontrarse relegada de manera natural. Sin embargo, los hombres, han de renunciar a unos privilegios regalados, de los que se saben poseedores por haber nacido o sido catalogados como hombres. Cada persona en su individualidad ha de encontrar la manera en la que despertar, los hábitos que cambiar y su lugar en esta lucha conjunta. 

Desde un punto de vista ideológico que, aunque suene contradictorio, es a la vez utópico e increíblemente realista, la solución lenta y costosa para que nuestra sociedad cambie es, como para todo, la educación. El feminismo se convierte entonces en una lucha transversal que todo lo abarca, donde poner nuestro punto de mira: Las generaciones futuras deben construirse con un nuevo patrón y las que ya estamos en el campo de batalla debemos asumir 

todo el trabajo de deconstrucción y reeducación que nos queda. 

Por eso, y porque no nos queda otra, ahora más que nunca, ni un paso atrás, ni una pérdida más, ni un simple titubeo. Porque una vez que abrimos los ojos y se produce esa rotura de cristales que nos envolvía, tienes que seguir mirando, a veces sin permitirte siquiera pestañear. 

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